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Arte Terapia, Trauma y Neurociencias:

El arteterapia como herramienta de integración cerebral en el abordaje del trauma


Autor: Eduardo Torres Nicolás



Resumen:

El presente artículo fundamenta a partir de la revisión teórica el aporte del arteterapia y su práctica en la integración del funcionamiento cerebral, la estimulación de áreas cerebrales involucradas más allá de lo exclusivamente verbal, como medio de abordaje efectivo para el tratamiento del trauma.

Para ello inicialmente se presentan nociones de las neurociencias, principalmente de los modelos explicativos de la especialización hemisférica y la teoría del cerebro triuno, los cuales permiten mostrar como el arte en un contexto arteterapéutico pone en intercambio a ambos hemisferios derecho e izquierdo, movilizando además el componente emocional del sistema límbico, para posteriormente evidenciar cómo se genera el proceso de integración.

Finalmente, concluye con la reflexión desde y en el cuerpo, medio que hace posible a través de la práctica arteterapéutica la modificación plástica de la experiencia traumática.


Introducción: Bases neuropsicológicas del procesamiento de experiencias emocionales y su relación con el arteterapia


El sistema nervioso[1] de manera general y el cerebro de forma particular, desde que la ciencia demostró que su funcionamiento posibilita, regula y ejecuta la totalidad de las funciones del organismo, se convirtió en centro de interés para distintas ciencias que comenzaron a profundizar en su conocimiento y para disciplinas cuyos descubrimientos les dotan de herramientas para direccionar su propio quehacer, afectando sus avances y descubrimientos incluso al desarrollo de microprocesadores y software, cada vez más parecidos al cerebro humano y sus funciones. (Sturges, 2015)


Este panorama que se desarrolla rápidamente con los avances de la tecnología trajo consigo el desarrollo de las neurociencias: vasto campo científico que aborda además del estudio riguroso del sistema nervioso y sus funciones, la relación de estas estructuras con el comportamiento y el desarrollo cognitivo, con todo aquello que nos hace ser lo que somos, lo que nos hace humanos. No es el propósito del presente artículo realizar una revisión exhaustiva sobre el sistema nervioso y el cerebro, sin embargo se definirán algunos aspectos del mismo conforme avanza, principalmente los que se vinculan a la neuropsicología de las emociones, el funcionamiento de los hemisferios cerebrales que sustentan el procesamiento de experiencias traumáticas y los involucrados en la actividad artística que ocurre en contexto a una intervención de arteterapia.


El estudio trans y multidisciplinar del cerebro desde diferentes puntos de vista ha dado lugar a que sus hallazgos puedan ser extrapolados a áreas tan diversas como la educación, psicología, psiquiatría, la filosofía y el arte, respaldando incluso postulados que antes eran basados en deducciones observadas; al final es en el cerebro donde ocurren los campos de interés de toda ciencia y disciplina. El cerebro es capaz de un sinfín de posibilidades desde el desarrollo intelectual, el procesamiento de información, como lo explica la neurociencia cognitiva (Sturges, 2015) sobre los procesos psicológicos básicos: (sensación, percepción, atención, memoria y aprendizaje) y los procesos psicológicos superiores (pensamiento, lenguaje y creatividad) así como su relación con el comportamiento, las emociones, el proceso mental, la corporalidad, la autoconsciencia, la experiencia de individualidad y desde allí la comunicación con otros seres humanos, que crea absolutamente todo el sistema social y cultural que nos rodea.


 

[1] “El sistema nervioso suele dividirse en sistema nervioso central (SNC), que incluye cerebro y médula espinal; y sistema nervioso periférico (SNP), formado por el sistema nervioso autónomo y los nervios craneanos y espinales. Se estima que el SNC del ser humano contiene 10 a la 9 neuronas, sin contar el cerebelo que contendría unas 30 x 10 a la 9; la cantidad aproximada de células gliales podría ser de unas 10 a la 12 (Majovski, 1989). La conducta humana es el resultado del funcionamiento integral de este conjunto de células nerviosas” (Roselli, 2003).


El sistema nervioso como escenario y el cerebro como protagonista desde su potencial de acción pone a disposición del individuo un sinnúmero de funciones que facultan su interacción con el entorno y permite su desarrollo, la integración mente, cerebro y cuerpo hacia la organización del bombardeo de información constante que reciben los sistemas aferentes (órganos de los sentidos); es de hecho el encuentro con estos estímulos los que le permiten desplegar sus capacidades y lo orienta hacia alcanzar el perfeccionamiento de sus habilidades permitiendo la aprehensión, adaptación e incluso creación del ambiente en la satisfacción de sus necesidades. Vale decir que esto es posible gracias a que el cuerpo es la estructura que media entre el sistema nervioso cerrado con el ambiente, y que este vehículo es también depositario de la historia a partir del aprendizaje; tema que se tornará relevante en el presente análisis vinculando cómo el arteterapia en el abordaje e intervención de experiencias traumáticas, para su tratamiento, hace uso del cuerpo, su capacidad plástica y de creación artística, para acceder al cerebro mismo, activar zonas que permanecen inactivas y permitir con ello la integración de estas experiencias, objetivo de toda terapia.


Una de las funciones del cerebro es, de acuerdo a la neurociencia cognitiva, (Sturges, 2015) la codificación, almacenamiento, ordenamiento y recuperación de información; en otras palabras la manera como se integra y significa la experiencia de la vida misma, que adquiere sentido en interacción con otros individuos y los componentes emocionales y conductuales (muchos de ellos automáticos, originados desde las experiencias tempranas) que definen la manera de responder al ambiente y los otros. No está de más decir que el ser humano es interdependiente, se construye en y con otros seres humanos; requiere para su crecimiento el contacto y el vínculo, inicialmente al nacer con madre, padre o adultos significativos (por la vulnerabilidad de la “cría” humana) y posteriormente en la satisfacción de sus necesidades, desde las más básicas como la reproducción, hasta las más sublimes como la definición del sí mismo o el sentido de trascendencia. En palabras de Sturges, (2015) “somos cerebros en el centro de un aparato sensorial que nos alimenta de percepciones, con una individualidad condicionada por nuestra existencia social con otros seres humanos.” (Sturges, 2015)


La evolución y desarrollo del sistema nervioso da cuenta si se observan sus estructuras de su historia y las adaptaciones que surgen en torno a estas necesidades descritas, partiendo de las funciones e instintos básicos como la respiración, el ciclo sueño-vigilia o el impulso sexual, requieren ser reguladas por partes más primitivas del sistema nervioso; pasando por las emociones y su mecanismo funcional relacionado con la supervivencia de la especie hacia el desarrollo de la corteza cerebral, adquisición más reciente en la evolución del sistema donde residen las funciones que sustentaron el desarrollo cognitivo y los cambios adaptativos superiores que esto trajo consigo para la especie. (Roselli, 2003)


En este punto es preciso aclarar que las neurociencias basan sus afirmaciones en diversas teorías e hipótesis que si bien se apoyan en los hallazgos científicos: estudios de casos donde pacientes con lesiones específicas presentaban patologías de funciones específicas, (por ejemplo lesiones del hemisferio izquierdo que traían consigo pérdida o alteraciones del lenguaje, en su producción o comprensión), neuroimágenes funcionales y estructurales del cerebro vivo en respuesta a estímulos específicos (pero en condiciones de laboratorio) y la neurocirugía, que permitía estar lo más cerca posible de este asombroso órgano, produjo dos posiciones que hipotetizan sobre la manera como éste responde y acciona: la localizacionista que asume que hay áreas específicas para funciones específicas y la holista, que comprende al cerebro como un todo integrado que se involucra en respuesta al ambiente. Así las neurociencias usan Modelos explicativos del funcionamiento cerebral, que responden de manera más o menos convincente para la mayoría de la comunidad científica, para explicar todos estos hallazgos. Hay hechos innegables sobre el sistema nervioso (por ejemplo que el hemisferio izquierdo está relacionado con el lenguaje verbal, mientras que el derecho es el encargado de las tareas espaciales), entender estos hechos solo es asequible en función de teorías o modelos que responden de manera consistente en el entendimiento del cerebro.


Dentro de estos modelos explicativos Velásquez, B., Calle, M y Remolina, N., (2006) citan los estudios de Roger Sperry (1973) y Maclean, quienes definieron a partir de su investigación y hallazgos la teoría sobre la especialización hemisférica y el cerebro triuno, respectivamente. Para Sperry el cerebro al estar conformado por dos hemisferios presenta asimetría funcional, esto significa que cada lado se encarga de tareas distintas:


El cerebro izquierdo es lógico, secuencial, racional, analítico, lingüístico, objetivo, coherente y detalla las partes que conforman un todo (…) es un procesador algorítmico que maneja información detallada, exacta, puntual, lo cual permite realizar análisis, aplicaciones y cálculos matemáticos entre otras acciones. Por otra parte, el cerebro derecho es memorístico, espacial, sensorial, intuitivo, holístico, sintético, subjetivo y detalla el todo; por lo tanto, potencia la estética, los sentimientos, y es fuente primaria de la percepción creativa.

(Velásquez, et al., 2006).


En complemento, Mclean describió su teoría planteando que el cerebro triuno:

está conformado por tres estructuras cerebrales: la neocorteza compuesta por el hemisferio izquierdo y el hemisferio derecho. (…) El segundo nivel o estructura lo conforma el sistema límbico, el cual está constituido a su vez por seis estructuras: el tálamo, la amígdala, el hipotálamo, los bulbos olfatorios, la región septal y el hipocampo. En este sistema se dan procesos emocionales y estados de calidez, amor, gozo, depresión, odio, entre otros y procesos relacionados con las motivaciones básicas.

El tercer nivel o cerebro reptiliano, está conformado por el cerebro básico o sistema reptil en el cual se dan procesos que dan razón de los valores, rutinas, costumbres, hábitos y patrones de comportamiento del ser humano.

(Velásquez, et al, 2006).


Si esto es así, el arte y sus manifestaciones, por sus cualidades y producción, parecieran vincularse, al menos a primer análisis, mayormente con el hemisferio derecho. “El hemisferio derecho se encarga de apreciar las dimensiones del espacio y reconocer las caras de la gente. Aparentemente tendría una relevancia esencial en los actos creativos asociados con la música, la poesía y la expresión de la imaginación.” (Romero y Vázquez, 2002)

Las habilidades espaciales eminentemente visuales y hápticas se vuelven fundamentales en el trabajo arteterapéutico, en el contexto de intervención terapéutica estaría trabajando directamente con este hemisferio del cerebro, accesando a él y movilizando su potencial. Como se aprecia, su función vinculada a la memoria y en torno a lo emocional, así como su cualidad holista lo convierten en el escenario más apto para asimilar las experiencias nuevas, percibir la totalidad de las situaciones, dotándolas de una asociación más emotiva para facilitar su codificación posterior.


La memoria por otra parte, como función, ocurre en el lóbulo temporal, lugar donde se encuentra el área de Wernicke (en el lóbulo temporal izquierdo para la comprensión del lenguaje hablado) y a su vez es el puente hacia el sistema límbico y la asignación de contenido emocional de la experiencia. “La corteza del lóbulo temporal sería fundamental para el aprendizaje y su memorización, el hipocampo se encargaría de fijar la memoria, y la amígdala actuaría como intermediaria entre el sistema sensorial y las emociones.” (Romero y Vázquez, 2002). Así la información obtenida de cualquier experiencia pasa desde el hemisferio derecho hacia el lóbulo temporal izquierdo, organizándose en torno al lenguaje para su posterior almacenamiento, manteniendo así el aprendizaje.


Las experiencias entonces y lo que de ellas se puede recordar, además de no ser “fotografías” fijas de los hechos, son más bien construcciones organizadas en torno a palabras, mismas que se configuran en función de los discursos preexistentes, que para el caso de la psicoterapia verbal tradicional, se accede a través de la palabra y se estimulan áreas como el lóbulo temporal para acceder a partir del relato a los eventos en la memoria declarativa: semántica y episódica (Solís y López-Hernández, 2009) hacia contenidos emocionales que han sido bloqueados o reprimidos; pero ya que el lenguaje es un proceso cognitivo superior que implica la totalidad de las funciones cerebrales y se involucra íntimamente con el pensamiento, y además porque no sólo pensamos en palabras sino en imágenes, poder acceder a estos contenidos puede tomar mucho tiempo teniendo en el proceso que “derrumbar” a través del mismo lenguaje y su abstracción las defensas hacia la emoción.


Como se puede intuir por lo dicho, hemisferio izquierdo y derecho se comunican entre sí, manteniendo un funcionamiento armónico, coordinado y simultáneo, que es posible gracias al cuerpo calloso. “Aparentemente, el rol principal del cuerpo calloso sería el lograr la integración bilateral de los dos hemisferios para las funciones lingüísticas, motoras y sensoriales superiores.” (Romero y Vázquez, 2002)


Es decir, la información recibida va de un hemisferio al otro a áreas particulares, donde eventualmente es integrada y percibida en totalidad, se podría afirmar que el procesamiento sano de la información ocurre cuando cada área “hace su parte” y genera un intercambio flexible con el entorno, que se vuelve dinámico y puede asimilar las variaciones de la situación momento a momento. Sin embargo se sabe desde la psicoterapia que muchas de las disfunciones o patologías psicológicas derivan de la imposibilidad del individuo para adaptarse a un evento nuevo para el que no estaba preparado, por inmadurez ante la experiencia o por narrativas previas (ideas, creencias o fantasías) vinculadas a experiencias más tempranas que se han cristalizado en el tiempo desactualizando al individuo frente a su entorno dinámico y cambiante; o donde la misma circunstancia por sus características excede las posibilidades de ser integrada y procesada, al revestir amenaza directa contra el individuo generando con esto activación de otras zonas del sistema nervioso mucho más primarias (como lo referido al cerebro reptil o al sistema límbico), dejando conexiones neurales que evocan información (sensaciones corporales, respuestas emocionales) que estructuras más recientes como la corteza y con ella el lenguaje no puede ordenar, procesar e integrar.


Neuropsicología del trauma

Todas las personas, de una u otra manera, han sido testigos de situaciones a lo largo de su vida que exceden por sus características su noción de normalidad o cotidianidad, que pueden ser definidas en sí mismas desde lo incómodo hasta lo directamente doloroso, física y psicológicamente, que implica incluso la sensación real o subjetiva de encontrarse en riesgo vital. Experimentar estas situaciones, responder a ellas y poder adaptarse ocurre de acuerdo a qué tanto se ha desarrollado el individuo (el momento del ciclo vital cuando ocurre) y los recursos que tiene para afrontarlo; sin embargo en ocasiones los hechos sobrepasan al individuo por su brutalidad: abuso sexual, violencia en la infancia, abandono, catástrofes naturales, migración forzada, por mencionar algunas; todas ellas con la impresión inminente de muerte, o el riesgo o pérdida real de seres queridos.


Los eventos no son los traumáticos en sí mismos, considerando la violencia o lo abrupto como se presentan no dejan de ser simplemente hechos, esto explica por qué algunas personas ante el mismo incidente responden mejor, lo abordan y superan con más o menos éxito y rapidez, y otros tienen dificultades para entenderlo, procesarlo y aceptarlo. El trauma es la parte de esa experiencia que la persona no puede internalizar, a la que no puede asignarle un significado y el cual al ser evocado generalmente desencadena malestar y sufrimiento. El trauma es “la interrupción de la línea histórica normal de la vida de la víctima, produciendo profundas alteraciones a nivel biológico, emocional, cognitivo y relacional.” (Díaz y Vásquez, 2008).


Este conjunto de sensaciones, usualmente displacenteras parecieran crear escisión entre las ideas asociadas al evento, la consciencia de que ya no está ocurriendo y la sensación y emoción, muchas veces vívida y dolorosa de esta situación que se experimente aquí y ahora, que desencadena en el individuo respuestas evitativas o la negación, la primera impresión frente a una situación así: esto no puede estar pasando, o el asumir que no sucedió, quedando fuera de la consciencia (sobre todo cuando ocurre en estadios muy tempranos de la vida).


Algunos traumas ocurren en un momento del ciclo vital en que el individuo no estaba preparado para la situación (como en el caso del abuso sexual, el maltrato o abandono en la infancia) y que su grado de inmadurez le imposibilita procesar la situación y hacerle frente; dejando neurológicamente huellas importantes en el sistema límbico, que ante situaciones nuevas que se asemejen a la del trauma original traerán consigo respuestas que en su momento fueron adaptativas, pero que eventualmente generan malestar y la incapacidad de satisfacer las necesidades del presente. (Sentis, 2017)


La experiencia se instala en la narrativa vital del individuo, quien intenta darle orden verbalmente para manejarla y comprenderla, así el recuerdo de ella se almacena no como una historia secuencial, sino en su evocación se presentan las emociones vinculadas al evento, las imágenes de la situación así como las sensaciones corporales que se experimentaron, que precipitan el dolor en el presente y le impiden avanzar o pasar de ella; al ser el trauma psicológico “toda experiencia que al ser recordada genera perturbación” (Solvey y Solvey, 2006; citado en Díaz y Vásquez, 2008), integrar la experiencia y significarla va más allá de solo poder hablar del evento, de hecho en ocasiones el ejercicio de asignarle palabras a la experiencia y construir una narrativa verbal en torno a lo ocurrido puede retraumatizar a la persona, al ser incapaz desde la lógica de darle sentido (por ejemplo ante la pregunta de ¿por qué me pasó esto a mi? Las respuestas y argumentos son infinitos y no resuelven la emoción subyacente, al contrario, profundizan la angustia de la persona. Lo más importante es poder expresar la emoción asociada al evento, en esto el Arteterapia es muy útil, ya que permite vivenciar esta emoción, sin necesariamente tener que verbalizar la historia que le dio origen. Esto abre la posibilidad de hacer una re significación a través de la creatividad, en otras palabras es poder re-experimentarlo para re-significarlo en un contexto terapéutico, es poder completar el ciclo de la emoción que queda inconcluso.


El trauma es una experiencia que literalmente nos deja sin palabras y que puede producir alexitimia, la incapacidad de identificar verbalmente el significado de nuestras sensaciones físicas y emociones. Por otro lado, los estudios sobre el trauma han demostrado que los recuerdos traumáticos en nuestra memoria se almacenan en parte en la memoria explícita, pudiendo expresarse verbalmente, mientras que gran parte de ellos son almacenados en la memoria implícita, no verbal, a través de los sentidos y las emociones. Una memoria corporal del trauma, que queda impregnada en nuestro cuerpo. (Peral, 2017)


Neurológicamente, lo que ocurre cuando hay un trauma es la dificultad de comunicación entre ambos hemisferios. Las experiencias ingresan por el hemisferio derecho quien se encarga de procesarlas como un todo, participando además en la configuración de su aspecto emocional (Gardner, 1997). Cuando una situación se presenta como trauma genera un impacto que bloquea la posibilidad de dirigir esta experiencia hacia el hemisferio izquierdo y su codificación en el lenguaje. Como lo describen Solvey y Solvey, 2006; citado en Díaz y Vásquez, 2008:


La patología aparece cuando la comunicación interhemisférica se bloquea parcial o totalmente. Esto ocurre cuando la persona vive una situación estresante, o está en shock, o cuando está incrédula. En ese momento los hemisferios cerebrales pierden la capacidad de comunicarse y adaptarse; apareciendo los síntomas de la perturbación.


En la misma dirección, afirma Vela (2009):

Estudios recientes en relación a este aspecto han demostrado que cuando la persona recuerda los eventos conflictivos, se activa el hemisferio derecho y se inactiva casi al mismo tiempo el hemisferio izquierdo, de modo que el sujeto no tiene acceso a los recursos, creencias positivas, sentimientos eutímicos (normales) y al optimismo y la familiaridad que le ayudaría a aliviar el conflicto y la experiencia traumática vivida y pasada (Solvey y Ferrazzano, 2006). Es como si el ser humano sólo tuviera una opción: la activación del hemisferio derecho, que mantiene al suceso como novedoso y peligroso.


Asimismo, neuropsicológicamente el trauma sería la experiencia que es asimilada por el hemisferio derecho como una totalidad (encargado además de procesar las situaciones nuevas) que al ser abordada por el hemisferio izquierdo e intentar organizarlo en la memoria (lóbulo temporal) semántica y episódicamente se ve interferido por las sensaciones y/o emociones procedentes del sistema límbico (emociones muy intensas que buscan proteger al individuo de la amenaza exterior, pero cuyo ciclo se ve usualmente interrumpido); así la experiencia no puede entrar a formar parte del aprendizaje histórico del individuo, creando disonancias con los significados y narrativas vigentes y la nueva experiencia.


Arteterapia: Una posibilidad de integración cerebral para la intervención del trauma


El Arteterapia hace uso de los medios y elementos que proporcionan las artes, mayormente las visuales, pero considerando la música, la danza, el teatro dentro del uso del cuerpo en la expresión artística; como recurso terapéutico que brinda bienestar, que procesos de rehabilitación en individuos o grupos.


El Arteterapia es una práctica que aborda la vivencia integradora de lo emocional (…). De ello se derivan una serie de efectos como son los psicoterapéuticos, de desarrollo del potencial humano y de la inclusión social. El principal objetivo tiende a que los usuarios se encuentren con la posibilidad de actualizar, a través del Arteterapia, sus capacidades de creación. (Izuel i Currià, y Vallès, 2012)


Para el caso que nos ocupa, el arteterapia ha probado ser una herramienta poderosa de abordaje a situaciones que generan malestar en la persona, vinculadas a situaciones traumáticas que requieren la integración de lo emocional con el significado que puede asignarse a la experiencia. El arteterapia mantiene una visión más total del ser humano, no solo centrado en el malestar, sino movilizando los recursos de las partes sanas de su vivencia. “El trabajo en Arteterapia genera condiciones que facilitan poder reconocer las capacidades de creación y de curación que cada persona posee. Trabaja integralmente con la persona, con sus capacidades y deseos y no tan sólo con los síntomas y sus dificultades.” (Izuel i Currià, y Vallès, 2012)


Los descubrimientos en investigación del cerebro y la neurociencia, así como en la psicoterapia con una visión más integradora, descritos por Vela (2009) desde diversos enfoques y técnicas, son concluyentes al afirmar que


la efectividad de la psicoterapia no está en el enfoque que se utiliza sino en la zona cerebral que se estimula, de allí que algunos sean mucho más rápidos que otros, inclusive en la actualidad existen enfoques renovados de última generación, que para ser más efectivos utilizan la combinación de varios enfoques en Psicoterapia, con mejores resultados que la utilización de sólo uno de ellos.


Justamente el arteterapia sería una modalidad de psicoterapia que valiéndose de las capacidades intrínsecas del cerebro para producir imágenes, manipular materiales y formas para dotarlos de significados, ayuda al paciente a usar o activar todas las áreas de su cerebro, generando resultados eficaces en pro de su bienestar. Al usar arte y priorizar lo no verbal, actúa directamente en áreas del cerebro que usualmente si la terapia es predominantemente verbal, podríamos suponer no son activadas. Es claro que “la terapia artística es un método psicoterapéutico en el que se utiliza el proceso creativo y en el que el medio básico de comunicación es pictórico, no verbal”, (Dalley, 1984). Este proceso creativo a su vez compete a los procesos cognoscitivos o superiores, el uso del lenguaje verbal y no verbal (lo simbólico), la abstracción en el uso de formas asociadas a meta-significados y el componente emocional subyacente.


De acuerdo a lo anterior el potencial terapéutico del proceso creativo se aprecia cuando las dimensiones afectiva y cognitiva se integran de manera dinámica, en otras palabras cuando dialogan hemisferio derecho e izquierdo, así se confirma que “la potencialidad transformativa de la persona, basada en un modo de funcionamiento integrado de recursos cognitivos y afectivos, caracterizado por la generación, la expansión, la flexibilidad y la autonomía” (González, 1995:42) moviliza a la persona más allá del trauma.


En una intervención arteterapéutica el paciente no solamente narra la experiencia traumática que ha vivido, también visualiza los hechos, compone imágenes de esta situación lo cual activa el sistema límbico y la carga emocional asociada a ello, luego (y aquí el real aporte del arteterapia) al usar materiales plásticos, activa lo háptico que le reporta sensaciones inmediatas, aquí y ahora, dando inicio a la actualización de la experiencia, luego la materialidad va dando lugar a la obra, en la cual se exteriorizan de manera más integral las ideas, sensaciones, emociones que se habían estado experimentando asociadas al trauma; esta percepción de totalidad de la experiencia es mayormente facilitada por la activación del hemisferio derecho al momento de realizar la obra, la cual luego de ser creada puede ser abordada desde el discurso que pueda explicarla o darle sentido para la persona: desde reportar las sensaciones generadas durante el proceso creativo, las ideas y sensaciones asociadas, hasta el poder comprender si se da el caso su significado respecto al hecho traumático, que puede ocurrir mas no es el objetivo de la intervención necesariamente.


Siendo que a la memoria se accede, como ya se ha explicado, a través de las imágenes y el lenguaje, es este último (considerando lo episódico y lo semántico) en torno al cual los hechos pueden ser codificados como información y almacenados para poder ser recuperados. El componente emocional que reside en el sistema límbico en el presente puede ser reexperimentado en un contexto contenido, como lo es el marco del setting arteterapéutico, lo cual ayuda a generar un nuevo registro que actualiza la experiencia traumática y que permite poco a poco asignarle un nuevo significado. El arteterapia parece mostrar avances mucho más rápidos respecto de la terapia eminentemente verbal, se deduce que lo logra al establecer más rápidamente la conexión entre el hemisferio derecho (la espacialidad y totalidad de la experiencia) e izquierdo (la narrativa que le es asignada y los significados subsecuentes), junto al sistema límbico que puede finalmente completar el ciclo de la emoción y dar paso a nuevos registros emocionales, mucho más actualizados.


Al contener ambos hemisferios cerebrales diferentes formas de experimentar lo vivido, el objetivo de la estimulación bilateral es lograr un equilibrio de activación de ambos hemisferios al recordar el hecho traumático. Puesto que la experiencia traumática se almacena en el hemisferio derecho, este inhibe los recursos del hemisferio izquierdo referidos a los sentimientos positivos, a la capacidad de resolver problemas y la temporalidad de los hechos; que permiten superar el trauma psicológico. (Solvey & Solvey, 2006). Díaz y Vásquez, 2008


Estas afirmaciones se condicen con los estudios que adelanta el proyecto ALETHEIA: Arte, Arteterapia, Trauma y Memoria Emocional, de la Universidad Complutense de Madrid, liderado por Peral (2017), quienes afirman:


los beneficios de las terapias creativas por su capacidad de trabajo a través del lenguaje no verbal, lo simbólico y lo sensorial. Aún sin existir actualmente estudios que comprueben exactamente cómo influyen los procesos creativos en nuestro cerebro en la elaboración de eventos traumáticos, por las propias características de los procesos creadores, el arte y la creación pueden ayudar a integrar los procesos traumáticos. Las personas traumatizadas suelen sentirse atrapadas en el pasado, lo que les impide tener objetivos a alcanzar, esperanza o posibilidad de imaginar un mundo mejor. Tras el trauma, se produce una pérdida de imaginación y flexibilidad mental que puede abordarse a través del arteterapia, proporcionando un buen clima para comenzar un proceso de cambio, siempre desde la contención y el acompañamiento terapéutico.


Así el individuo que hace arte en un contexto arteterapéutico logra una sensación de integración más completa respecto de las ideas/fantasías que hay en torno al trauma, las emociones y sentimientos que evocarlo le provocan y las maneras de darle forma que descubre al potenciar su creatividad encontrando nuevos recursos para responder a estas situaciones; tal como afirma Paín (2008) a través del arte es posible “encontrar un acuerdo y una armonía entre el sujeto y el mundo” aspecto de integración y desarrollo asociado a los procesos terapéuticos de manera general, pero que en el arteterapia de manera específica se alcanza desde la obra, el cuerpo en la sesión y lo no verbal.


Lo anterior se confirma en las investigaciones de Autrey Cook y F. Schiffer (citados por Díaz, y Vásquez, 2008) quienes formularon Técnicas de Integración Cerebral, derivadas de un análisis neurofisiológico del psicotrauma:


Este análisis concluyó que el hemisferio izquierdo o dominante; almacena los recursos, los sentimientos y pensamientos o creencias positivas. Mientras que el hemisferio derecho o no dominante, almacena los traumas, los sentimientos y pensamientos o creencias negativas. Con las técnicas de integración cerebral, al activar los hemisferios cerebrales de manera alternada y secuencialmente; se produce la activación rápida y secuencial de ambos hemisferios, provocando un intercambio de información por medio del cuerpo calloso.


De esta manera, sea cual fuere el hemisferio cerebral que este activado en ese momento, ambos hemisferios tienen una gran capacidad de comunicarse entre sí. Por lo tanto, si se comienza a cotejar y ligar rápidamente emociones y creencias negativas que pertenecen al hemisferio cerebral derecho, con las soluciones y recursos del hemisferio cerebral izquierdo, hasta que se logre una integración de ambos hemisferios; trae como consecuencia la modificación de pensamientos y sentimientos negativos, y se logra una visión más realista, viable y adaptativa de percibir el entorno.


Aquí, como se mencionó inicialmente, el cuerpo se torna fundamental en el proceso arteterapéutico, en tanto que se accede al cerebro a través del cuerpo y de involucrarlo en terapia. El cuerpo es el depositario del trauma que experimenta el paciente, de su historia y de los eventos que le dieron origen, así como es el contenedor de su pasado es la puerta de entrada hacia su cerebro y hacia un presente más pleno.


El cuerpo: la puerta de entrada al cerebro


El arte y el cuerpo son entes indivisibles. El arte en todas sus formas es un hacer que se expresa a través de la materialidad (plástica), el sonido (música), el movimiento (danza), la presencia (teatro) y los significados del lenguaje (literatura). Se hará énfasis en la plástica (dibujo, pintura, grabado, escultura, audiovisuales…) como medio de expresión, buscando reflexión que sustente más adelante el comprender la relación del cuerpo y el arteterapia.


Sin cuerpo no habría arte[2], porque para dar lugar al objeto que pueda denominarse tal, se deduce que ha ocurrido no solo la manipulación y transformación de distintos materiales para dar forma, sino que esta forma tiene un origen en la sensación, la emoción y el pensamiento.


Decir que el arte es un modo de auto expresión pareciera evidente, en tanto que el arte es al tiempo producto de la intención de quién crea en consonancia con sus propias sensaciones y su mundo interno, hacia el encuentro desde la obra con un observador, con el otro, quien a su vez ante la apreciación artística experimenta una sensación sobre sí mismo. Sin embargo con mayor frecuencia se entiende la autoexpresión relacionada a la palabra, al proceso de construcción cognitiva que el pensamiento puede hacer y a las definiciones del sujeto desde allí (aspecto que por ejemplo en la psicoterapia tradicional se suele privilegiar). Para este caso, el arte tiene un rol de posibilitar la percepción, acción, representación, imaginación y simbolización[3], más allá de lo verbal, permitiendo así dar forma a aquello que muchas veces por su contenido es difícil de decir o hablar.

 

[2] Excede a los objetivos de este texto abrir la diatriba sobre lo que es arte y sobre lo que no es, tema sobre el que se preocupa actualmente el mundo del arte (críticos de arte, coleccionistas, académicos, filósofos y los propios artistas). Aquí se entiende arte como un objeto fabricado con fines de goce estético, más allá de su factura o dominio de la técnica formal y la habilidad inherente a su ejecución.



“El individuo se expresa a sí mismo en su forma de actuar y en todos los movimientos de su cuerpo” (Lowen, 1975), así el arte es autoexpresión porque integra al cuerpo y lo sensorial, lo emocional y la organización cognitiva; una puesta simultánea en acción de la totalidad del organismo. Es decir pone en acción todo el sistema nervioso, la totalidad de la capacidad de funcionamiento del cerebro, la comunicación entre los dos hemisferios y los tres cerebros (reptil. Límbico y neocorteza).


El arte plástico ocurre en el medio de la intención de planificación de una imagen (aspecto cortical de la producción artística) y las emociones (sistema límbico) que suscitan los materiales y la sensorialidad (visión – tacto). Este hecho hace del ejercicio artístico (con el proceso creativo que lo sostiene) un medio poderoso para contactar con el mundo interno y comunicarse con quien observa.


Es el cuerpo además donde se experimentan las emociones qué son un conjunto de contracciones y expansiones de la musculatura y que son interpretadas como placenteras o displacenteras, a las cuales se les asigna significado, así las emociones al abordarse en la terapia y experimentarse de nuevo en función del relato del paciente y acompañarse con la creación artística, son revividas de forma más clara a partir de imágenes y medios plásticos de expresión.


 

[3] Estos aspectos corresponden a la construcción de imágenes, entendiendo imagen como la elaboración mental que guía la construcción representativa pero que está más allá de ella, requiriendo el cuerpo para su producción y experimentación. (Jarreau, Gladys; Paín, Sara. 2008).



Las experiencias antes que palabras y discurso son imágenes y sensaciones del ambiente captadas a través del cuerpo.


El sistema límbico se convertiría en puente entre el cerebro reptil y la neocorteza. En el reptil donde residen respuestas automáticas de temor o huida que pueden dispararse en función de la experiencia traumática y volverse posteriormente una respuesta crónica y reiterada a situaciones, que aunque similares, ya no son amenazantes, pero el individuo por su sistema de pensamiento y creencias las interpreta como tal, aspecto que se encuentra en la neocorteza. (Sentis, 2017). Es posible entonces la activación emocional del sistema límbico a partir tanto del acto creativo mismo como de la apreciación estética de la obra.


El arte como forma de contacto con el sistema nervioso


Hacer arte requiere encontrarse en un espacio de contacto. Primero interno, hacia dentro sobre las emociones sentidas, (tanto desde el relato del cuerpo y su historia), las ideas, fantasías y significados de lo que se vive; y segundo externo, dinámico y flexible hacia afuera, de las mismas emociones a partir de lo que el entorno y los demás producen. La consciencia de contacto es combustible de la creación artística.

No hay manera de producir una imagen o una obra de cualquier clase en términos plásticos sin experimentar una sensación interna de sí mismo (relacionada con el funcionamiento del sistema límbico) a través de los materiales y la forma en curso, de la consciencia respecto a la emoción presente y que esté conectada con la experiencia que de ello se entre a tomar significado posterior para quien la crea (función de la neocorteza organizada en torno al lenguaje y la memoria). En otras palabras la imagen entra a hacer parte de la historia de la persona, le permite re experimentar estados emocionales y darles sentido, dotar de significado estas imágenes para sí o resignificar lo que haya resultado traumático o doloroso. La narrativa de nuestra existencia está organizada en torno a la memoria, que no solo es verbal, es también (la mayoría de las veces simultáneamente) visual. Nuestra vida es imagen, somos imagen.


Este aspecto, lo no verbal como ya se ha mencionado, en arteterapia resulta especialmente relevante pues el proceso creativo logra “dar forma” a contenidos a los cuales la persona no puede acceder a través de la palabra como ya se había mencionado, sea porque le resultan amenazantes o porque corresponden como experiencia emocional a estadios preverbales (como los que ocurren en el cerebro reptil o el límbico). Crear arte en torno a una relación terapéutica supone la puesta en escena del cuerpo. El proceso creativo se sustenta en el uso del cuerpo, desde lo evidente de emplear los materiales (desde dibujar a esculpir, construir un objeto o esbozar una pincelada) y disponerlos en el espacio que implica un uso de la energía disponible, de la consciencia del cuerpo en el momento; como para experimentar las sensaciones que provoca la creación artística y su posterior apreciación.


Conclusión


Para terminar, es posible establecer un paralelo entre el cuerpo, el sistema nervioso y el quehacer artístico en función de intervenir el trauma; fundamentado en Paín y Jarreau, (2006) respecto a los planos sobre los que pasa el arte sobre el cuerpo, que es lo que ocurre durante el proceso creativo en una sesión de arteterapia y las funciones principales de cada uno de los cerebros: reptil, límbico y neocórtex, sustentados en las definiciones de Sentis (2017) al explicar la neuropsicología de las emociones:


El primero, el plano de las coordinaciones sensomotrices, que describen como “el cuerpo es el lugar donde se realizan las coordinaciones senso-motrices entre las percepciones y las acciones, donde las mismas adquieren un sentido” (Paín y Jarreau, 2006) se correspondería con las funciones del cerebro reptil, que

está relacionado con reacciones de supervivencia y está focalizado en el mundo exterior, por lo que no piensa ni siente, solamente reacciona. Su mundo operacional es el presente y está fundamentalmente orientado a la búsqueda del placer, la gratificación inmediata y la huida del dolor. (Sentis, 2017)


Supone entonces una economía del comportamiento y el funcionamiento al automatizar las respuestas al entorno, desde allí en función del trauma (sobre todo temprano en la gestación) surgen patrones repetitivos de comportamiento que no se ajustan totalmente al entorno.


El segundo, el plano de los afectos que tal como describen:


El cuerpo es también el lugar de la resonancia de la emotividad. La actividad plástica en sí misma despierta los afectos latentes vinculados con los vestigios más antiguos de la memoria (…) Estas emociones sentidas en el cuerpo, buscan expresarse a través de movimientos y sensaciones, transformables respectivamente en gestos y colores. (Paín y Jarreau, 2006)


por sus características se relaciona con el sistema límbico y su funcionamiento, “estructura relacionada con la memoria y registros emocionales, también coordina el comportamiento proveniente de las adaptaciones conductuales y relaciona las experiencias presentes y estímulos del entorno con las vivencias pasadas, sobre todo con la de los primeros siete años de vida” (Sentis, 2017)


Así al crear arte en contexto a un vínculo terapéutico, la transferencia estética y su resonancia estarán activando esta estructura funcional del sistema nervioso.


Finalmente, el plano de la constitución del “yo”, aludiendo al “yo corporal” “que es la primera imagen de identificación del sujeto consigo mismo”, pudiera estar relacionado con el neocórtex el cual “está asociado con la reflexión, la planificación y la memoria episódica, narrativa y verbal. Su funcionamiento está orientado hacia el pensamiento, la interpretación y el aprendizaje. Este opera en pasado, presente y futuro” (Sentis, 2017). Es así como la idea corporal del sí mismo fundamenta además la historia personal, que como se explicó se ve alterada cuando el trauma se presenta. El plano del yo tiene que ver con la construcción del sí mismo la identificación con las características y cualidades que son asignadas a la propia identidad (asociado al sistema límbico), la definición que se tiene como persona; todo esto que al final es una abstracción de la experiencia directa con el medio asociada a la memoria y a la historia que de ella podemos recuperar, que dan la sensación de continuidad temporal que al final dicha abstracción es otra cualidad de la corteza cerebral, el lenguaje y el intelecto.


Entonces, el arteterapia permite poner en diálogo desde la reexperimentación como una totalidad a partir de la obra en el ejercicio artístico, haciendo uso de las habilidades espaciales del hemisferio derecho, para luego integrarlo verbalmente mediante el izquierdo. Poniendo en juego las sensaciones y emociones que derivan del mismo proceso creativo y el resultado de la obra; dotando así a partir de esta experiencia de nuevos significados pudiendo incorporarlos.


Las terapias de orientación verbal solo pueden acceder al cerebro superior o neocórtex, responsable del pensamiento y la configuración lingüística. Sin embargo, la conducta es manejada por el cerebro medio y el bajo, es decir, por el condicionamiento emocional y los instintos. Por eso es que afirmamos que no se puede producir un cambio si no se trabaja con las emociones y el cuerpo.

(Sentis, 2017)


Por esta misma razón, el arteterapia puede obtener resultados eficaces en la integración del cerebro y sus funciones para el abordaje del trauma.




REFERENCIAS:



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Paín, Sara y Jarreau, Gladys. (2006). Una psicoterapia por el arte, Teoría y Técnica. Editorial Nueva Visión: Buenos Aires.


Paín, Sara. (2008). En sentido figurado. Fundamentos teóricos de la Arteterapia. 1era Edición: Paidós. Buenos Aires.


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Eduardo Torres

Director Espaciocrea

Centro de Formación en Arte Terapia

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